sábado, 19 de febrero de 2011

LA NOCHE DEL REENCUENTRO

La caída de la tarde me llevó a introducirme por las gélidas calles del Realejo en busca del aparcamiento perdido, después de varios intentos por los rincones que mejor conozco, el azar me llevó a aparcar junto a los  muros de lo que sería el primer destino de la noche. Así que la fría y estrellada noche comenzó como no podía ser de otra manera, en Santo Domingo. Tras la misa entre arrumacos de los cuatro gatos que nos encontrábamos ante el Padre Alvaro no podía hacer otra cosa que postrarme como un humilde fiel ante su presencia. La mirada perdida de la Soledad en su capilla intentando buscar consuelo entre las naves del Templo, hizo que mi cuerpo por fin empezase a entrar en calor al verla, el palpitar del corazón hizo que al contemplarla, aquella Soledad en la que me encontraba me reconfortara, indudablemente le dediqué una sonrisa, siempre consigue sacármela sin esfuerzo. Mi mirada prosiguió directamente hacía el altar mayor, una Virgen de Plata mostraba resplandeciente un Rosario de lágrimas, a la cual dediqué mi siguiente oración, a pesar de que Él desde su capilla me esperaba impaciente.

Cuando me postré ante su mirada empecé a sentir que el calor que su Madre comenzó a darme con Él se desbordaba, noté cómo la sangre bombeaba por cada palmo de mi cuerpo, y sin poder resistirlo me aferré fuertemente a la reja como si pudiera traspasarla. Y ocurrió lo de siempre, el sentimiento de culpabilidad humedeció mi rostro, siempre pidiendo perdón por no acudir a su encuentro más a menudo, por no poder sostener su mirada durante más tiempo, por querer abrazarlo cada tarde antes de llegar a casa. Siempre he querido tener más presente su Humildad, aunque sé que no necesito venir a verlo para sentirlo cerca de mí, que siempre estará en mis pensamientos, siempre me presento arrepentido ante su dulce mirada, y observo cómo gira su puntiaguda barbilla hacia mi rostro para perdonarme por todo. 



Ojalá pudiese vivir en este barrio, ojalá no tuviese que trabajar fuera, y poder venir a visitarte cada tarde o un domingo cualquiera, sin invitaciones ni convocatorias, sin fechas especiales que justifiquen mi presencia ante la reja. Es cierto que últimamente hago más frecuentes mis escapadas y hago por verte, pero dentro de mi ser siento que nunca es suficiente, que la caña que sostienes por nosotros aumenta su peso, que las espinas que rodean la testa se clavan poco a poco y que la capa que por reirse te pusieron no es suficiente para el gélido frío que inunda la capilla de mis sueños. El sentimiento se va tornando conforme pasa el tiempo, la leve culpabilidad que siempre me estremece al verte se torna en palabras que intercambiamos durante un buen rato, y eso me acaba reconfortando. Me gusta cuando la Iglesia está vacía y no hace falta susurrar mis comentarios, poder pedirte fuerzas para continuar por el buen camino, y sobre todo, y lo único que te pido encarecidamente, sabes que nunca es para mí, sino para todos aquellos que me rodean, me quieren y completan mi vida, para que veles por ellos y también puedas inundar de Humidad sus vidas.

Por fin me voy contento, prometiendo siempre que volveré lo antes posible, que intentaré no demorar la siguiente visita en demasía, aunque es cierto que a veces me cueste al vivir en la lejania, pero por siempre llevo gravado tu nombre y el de tu madre muy dentro del pecho. 

El Facundillo siempre hace acordame de mis chiquitines, de esos joviales y alegres sobrinos por los que daría algún día la vida si por ello la suya dependiera. Pienso nostálgicamente cómo mi padre me inculcó unas costumbres desde pequeño, las mismas que yo intentaré hacer llegar a mis hijos cuando llegue el momento, y el primero en conocerlos será su Dulce Nombre. El tiempo se para en este Templo, casi sin darme cuenta la hora del cierre me acecha, echo un último vistazo rápido al resto de imágenes que completan este hermoso marco, pero eso sí, como es costumbre en mí, siempre hago un alto en mi  camino hacia la puerta. Me gusta contemplar antes de irme la serenidad que transmite Jesús durante su última Cena, esa talla que a veces inunda mis sueños de costalero, y a la que siempre acabo prometiendo que algún día acudiré a su mesa costal en mano, y que acariciaré su madera con mi cerviz, y así  poder formar parte de esa reunión de Apóstoles  que son paseados por las calles por auténticos costaleros, de los de verdad, de los que forjan el palo, esperando que algún día se acaben los sueños y se conviertan en realidad. 



Y para su madre Victoria mi último beso, mi visita concluye aquí, pero me voy reconfortado, con savia nueva que recorre ahora mi cuerpo, y con una cuadrilla de locos esperando para igualar y dar comienzo a lo que espero que este año sea una gran Semana Santa para todos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario